Martes, 25 de agosto de 2015

 

Por Germán Grosso Molina

Seguimos conociendo más aspectos de nuestra devoción a la Divina Misericordia. En este post hablaremos de la “Imagen” de Jesús Misericordioso.

Ésta es uno de los rasgos esenciales de esta devoción. La imagen, tan difundida ya, se vincula con una las visiones que tuvo santa Faustina en sus encuentros con Jesús.

El esbozo de la imagen le fue revelado a Sor Faustina en la visión del 22 de febrero de 1931 en su celda del convento de Plock, en Polonia:

“Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. ( …) Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío (D-47).

Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (D-49).

El contenido de la imagen se relaciona con la liturgia de ese domingo. Ese día se lee el Evangelio según San Juan sobre la aparición de Cristo resucitado en el Cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia (Jn 20, 19-29). La imagen presenta al Salvador resucitado que trae la paz a la humanidad por medio del perdón de los pecados, a precio de su Pasión y muerte en la cruz.

Los rayos de la Sangre y del Agua que brotan del Corazón traspasado por la lanza y las señales de los clavos, evocan los acontecimientos del Viernes Santo (Jn 19, 17-18, 33-37). Así pues, la imagen de Jesús Misericordioso une en sí estos dos actos evangélicos. Sobre el significado de los “rayos”, Jesús le reveló a la santa:

“El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (D-299).

Ambos rayos significan los sacramentos (principalmente el Bautismo, la Reconciliación y la Eucaristía) y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.

Dice el Evangelio de Juan: De Él saldrán ríos de agua viva… (Jn 7, 38), prefigurando el Corazón traspasado por la lanza. Jesús le dijo a la Santa:

Mi mirada en esta imagen es igual a Mi Mirada en la Cruz (D-326)

En la parte de abajo, según le pidió Jesús a la santa, figura el lema “Jesús, en Ti confío”:

“Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil” (Diario, 742).

Recordemos que la “confianza” es una de las actitudes que deben identificar a un cristiano, y sobre todo, a un devoto de la divina misericordia. “Jesús, en vos confío” es la frase, la jaculatoria, la plegaria que constantemente los devotos debemos elevar. Al contemplar la imagen, recordaremos esa frase, las que nos permitirá dejarnos iluminar y encandilar por los rayos de la misericordia de Dios.

El Señor Jesús hizo promesas especiales a quienes veneren con esa confianza su imagen santa: la salvación eterna, grandes progresos en el camino hacia la perfección cristiana, la gracia de una muerte feliz, y todas las demás gracias que le fueren pedidas con confianza. “Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias. Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella” (D-570).

San Juan Pablo II al instituir la Fiesta de la Misericordia en el Jubileo del año 2000, divulgó también el culto a la imagen santa. Hoy en día es muy común ver ya en casi todos los templos católicos la imagen de Jesús Misericordioso, la que también encontramos en muchos hogares, hospitales, escuelas, paseos públicos, oficinas, etc. Su difusión debe servir entonces para sembrar la confianza de la humanidad toda en Cristo. El mismo Papa fue quien bendijo la imagen que preside el santuario de la Divina Misericordia en Polonia. Ese es el lugar que eligió Francisco para la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en coincidencia con el Jubileo de la Misericordia convocado para el próximo año…

Amelia Bertolini, quien fuera gran apóstol de esta devoción en la Argentina, cuenta en su libro los milagros que durante la Segunda Guerra Mundial se vieron en Europa del este, principalmente Polonia, Lituania, etc., con la divulgación de las estampitas de Jesús Misericordioso… (Bertolini s.f., 22 y ss. ) Cuanta allí también la historia de la primer imagen, la encargada por el Beato Padre Miguel Sopócko, asesor espiritual de Santa Faustina, según el deseo de Jesús, al pintor Eugenio Kazimirowiski, quien seguía las consignas de Faustina. Por eso el Papa Juan Pablo II la llamó la “Santa imagen”, porque refleja a Jesús tal como se le mostraba a la Santa en las revelaciones (rezó ante ella en su viaje a los países bálticos, en 1993).

No está demás recordar que no debe transformarse su culto en un “paganismo”. La imagen no es milagrosa por sí, ni mucho menos. Es un medio de devoción, que nos permite estar en permanente presencia del Señor, recordar el amor que nos tiene, que nos ama con locura, conmemorar su pasión, pues fue de su corazón traspasado de donde brotó el mar de su misericordia. Los rayos de la imagen nos lo recuerdan, como también su mirada compasiva y delicada. Su mano en gesto de bendición, dándonos su paz.

Hemos conocido un rasgo más de nuestra devoción. La divulguemos a lo largo del mundo, pues la imagen de Jesús es un fiel instrumento de devoción y de fe. Personalmente sugiero venerarla en casa, en la oficina, divulgarla entre las familia, los amigos, y rezar ante ella mucho (la coronilla, el rosario, etc.).


Fuentes

Bertolini, Amelia. Los Tesoros de la Mística Kowalskiana. Córdoba: Centro de Espiritualidad Santa Faustina Kowalska, s.f.

Nueva Biblia de Jerusalem. Bilbao: Desclée, 1999.

Saksonoff (Director), Pbro. Germán. «Revista La Hora de la Misericordia.» San Miguel de Tucumán: Red Cristo Hoy, s.f.

Santa Faustina, Kowalska. La Divina Misericordia en mi alma. Cuarta. Stockbridge, Massachussets: Editorial de los Padres Marianos, 2001.

 

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