Mi?rcoles, 18 de marzo de 2015

 




Por Germán Grosso Molina


Hola amigos. Empezamos este 2015 con muchas ganas de emprender cosas nuevas. Por eso, estamos habilitando una nueva sección del blog, en la que nos dedicaremos a conocer y divulgar diferentes “devociones”. Esperamos que les agrade la idea y que les sirva tanto para conocer más acerca de nuestra fe, como así también para divulgar nuestro material entre sus contactos y amigos. Hoy comenzaremos a hablar de la devoción a la “Divina Misericordia”.

Le comento que mientras estaba editando este artículo, recibimos la grata noticia anunciada recientemente. El Papa Francisco, cuyo mensaje de la “misericordia” es realmente constante, ha anunciado, al cumplirse 2 años de su pontificado. Dijo el Papa:

«He pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia»[1].

A ello le sumamos que el mismo Papa, en su visita a Río en 2013, anunció que la próxima Jornada Mundial de la Juventud sería en Polonia, un país que como veremos, ha sido el rincón desde el que se encendió la chispa del anuncio del mensaje de la misericordia. Es la tierra de Santa Faustina y de san Juan Pablo II, apóstoles de la misericordia de Dios. Todo un signo de los tiempos.

Por eso, si bien ya habíamos escogido este tema, estos hechos nos hacen tratarlo con mucha mayor fortaleza.

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Devociones

Empezamos diciendo, muy brevemente, que las “devociones” son aquellas creencias que, autorizadas por la Iglesia, se divulgan entre los fieles del pueblo de Dios. Se refieren a determinados rasgos de nuestra fe o también a mensajes relacionados con sucesos acontecidos a lo largo de la historia, vivenciados por diferentes personas, testigos fieles “elegidos” (por lo general, “santos”). A diferencia de la “liturgia” propiamente dicha, las demás acciones que se realizan en una iglesia o fuera de ella, con o sin sacerdote que las dirija o presencie, se llaman ejercicios piadosos o devociones de la piedad popular. Por ejemplo, el Santo Rosario, el Vía Crucis, las procesiones por las calles, imposición de escapularios, medallas, etc.[2]. Estos ejercicios piadosos, aunque no son propiamente actos litúrgicos, deben prepararnos a vivir mejor la liturgia.

Cuando hablamos de los “mensajes” divinos, nos referimos a las llamadas “revelaciones privadas”, es decir  aquellas mediante las cuales Dios, la Virgen María, los Ángeles, etc., han hecho llegar a algún fiel un mensaje. La Iglesia, luego de estudiar cada uno de estos sucesos, con la debida prudencia, cautela y rigurosidad, aprueba o no tales afirmaciones. Una vez que han recibido la aprobación de la Iglesia, estas revelaciones pueden ser creídas o seguidas por el resto de los fieles, pese a que no se consideran verdades de fe, obligatorias para todos.

Veamos un ejemplo. El dogma de la Inmaculada Concepción de María es una verdad de fe, sostenida por la Iglesia desde los primeros siglos, y afirmada por el Magisterio supremo, ejercido por el Papa. Esta verdad sí debe ser creída por todos los fieles miembros de la Iglesia, no pueden contradecirse ni dudarse de ellas. Tienen raíz en la fuente divina de la revelación, esto es, las Sagradas Escrituras (Biblia) o la Tradición de la iglesia. Forma parte de la verdad que la Iglesia enseña, como depositaria de la Fe, revelada por Cristo.

Por su parte estaremos frente a “revelaciones privadas”, por ejemplo, cuando nos referimos a los distintos mensajes que la Virgen María ha hecho llegar a algunos de sus fieles, los que una vez que han sido aprobados por la Iglesia, pueden ser creídos y seguidos por los creyentes, pero sin que exista obligación de ello. No forman parte de la “verdad revelada”, sino, justamente, de “revelaciones privadas” que la Iglesia autoriza a ser divulgadas, aunque no como verdad de fe que debe ser seguida por todo el pueblo creyente.

En este sentido, explica el Catecismo de la Iglesia Católica (en adelante CIC), que:

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas "privadas", algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar "revelaciones" que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes "revelaciones" (n. 67).

Claro ello, vemos que muchas de las llamadas “devociones”, responden justamente a revelaciones “privadas”. Muchas de ellas han sido recibidas por santos o santas de la Iglesia, que en su momento, como justos creyentes, tuvieron la gracia de recibirlos[3]. Una vez que la Iglesia ha estudiado los hechos relativos a los mensajes, y la vida de esos elegidos, en muchos casos los ha “canonizado” (declarado “santos”) y sus mensajes, aprobados para ser divulgados.

Sin embargo no queremos seguir nuestro desarrollo sin dejar claro que las devociones nos deben preparar espiritualmente para vivir la “liturgia” (con la que se vivencian principalmente los “sacramentos”), pero no la suplen, ni la reemplazan. La devoción o piedad popular debe servir como actitud contemplativa y de meditación, preparatoria de la “liturgia”. Son ésta y la recepción de los “sacramentos” (eucaristía, matrimonio, confesión, etc.), los canales plenos de la gracia de Dios,  a los que siempre se debe acudir para estar en sus manos.

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Divina Misericordia

Una de las tantas devociones conocidas, es la de la “Divina Misericordia”. Sobre ella podemos decir que desde tiempos remotos, el pueblo de Dios creyó en su infinita misericordia. Así ya el Antiguo Testamento nos muestra muchos pasajes en los que se revela a un "Dios misericordioso y clemente". Tras el pecado de Israel, cuando el pueblo elegido se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de ese mismo pueblo infiel, manifestando su amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde:

"Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH" (Ex 33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama: "Señor, Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad" (Ex 34,5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34,9) (CIC, n. 210).

Los Salmos nos hablan de la misericordia divina:

Tu justicia es como las altas montañas,

tus juicios, como un océano inmenso.

Tú socorres a los hombres y a las bestias:

¡qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!

Por eso los hombres se refugian a la sombra de tus alas.

Se sacian con la abundancia de tu casa,

les das de beber del torrente de tus delicia.

En ti está la fuente de la vida,

y por tu luz vemos la luz (Sal, 36, 7-10)

 

Te alabaré en medio de los pueblos, Señor,

te cantaré entre las naciones,

porque tu misericordia se eleva hasta el cielo,

y tu fidelidad hasta las nubes (Sal, 57, 10-11)

En el inicio del Nuevo Testamento, vemos como la Virgen María resulta ser la primer devota de la misericordia de Dios. En su “magníficat” (oración que la misma Virgen eleva a Dios al conocer el designio divino que la eligió como la madre del salvador), nos habla de la “misericordia”:

Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen… (Lc 1, 46-50)

El mismo Jesús en el Evangelio, nos está permanentemente hablando de la misericordia de Dios. La parábola del “hijo pródigo” es el relato por excelencia en el cual podemos encontrar como el mismo Cristo se encarga, en ese lenguaje tan sencillo de parábolas, de enseñarnos en qué consiste la misericordia de Dios (Lc 15, 11-31)[4]. Por eso san Pablo dirá:

Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo y con él nos resucitó… (Ef 2,4).

Él es la “misericordia” encarnada[5], y así, la Iglesia, desde los primeros siglos, tuvo devoción a su divina misericordia.

En algún tiempo se podía hallar el mensaje de la misericordia divina en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Éste es el símbolo del “amor de Cristo” por los hombres que ha salvado en la cruz[6]. Ésta devoción, de la que hablaremos también en algún momento, se relaciona directamente con el mensaje de misericordia.

No obstante, avanzados los siglos, en las vísperas del tercer milenio, el mismo Cristo se encargó de retomar su mensaje de misericordia. Tal vez habría advertido que la fe se enseñaba con mucho rigor de justicia. Se mostraba a un Dios “juez”, antes que a  un padre “misericordioso”. Cristo, víctima inmolada al Padre, es el camino que nos abre las compuertas del mar de misericordia que el Padre derrama sobre nosotros. La Virgen, madre de Cristo, es la madre de la Misericordia. Ese mensaje, había que divulgarlo con más fuerza en este tiempo.

Santa Faustina, una religiosa del convento de María, la madre de la misericordia, justamente adoptó una gran devoción a este aspecto de la Trinidad Santa. Y fue esta santa polaca, la que viviendo una mística de altísimo nivel ascético, comenzó a vivir en su intimidad un diálogo tan íntimo y tan elevado con el Dios de misericordia, que recibió la gracia de encontrarse con el mismo Jesús, quien le hablaría en sus encuentros de su “misericordia”.

Escribía la santa:

Dios nos da a conocer este gran atributo suyo, es decir, su insondable misericordia (D-1466)

La eligió como “apóstol” de la “misericordia”, la llamó su “secretaria”, y así, en una especie de camino de revelación, le fue mostrando, mediante visiones y vivencias místicas, el océano de la “misericordia” de Dios, para que esta humilde religiosa, comenzara a hablarle al mundo de este aspecto de la Trinidad Santa.

Mediante este post, y los sucesivos que vendrán, iremos conociendo un poco más a fondo esta devoción. Todo este mensaje divino fue volcado por la santa polaca en lo que fue su diario íntimo: “Diario: La divina misericordia en mi alma”, texto que se ha trasformado en un verdadero tesoro místico, y cuya divulgación en el mundo está creciendo de manera notable, al igual que la devoción.

Sirva entonces este post como introducción a esta devoción, de la que podemos hablar por horas, pero que en sucesivas exposiciones seguiremos desarrollando. Básicamente hablaremos de las prácticas piadosas relacionadas con ella: el rezo de la coronilla, la contemplación de la imagen de Jesús Misericordioso, la hora de la misericordia y la fiesta de la Misericordia, establecida por san Juan Pablo II el 2° Domingo de Pascua, para el que ya nos debemos ir preparando, en tanto ya estamos en tiempo de Cuaresma.

Hasta la próxima.



[1] L’Osservatore Romano, 2015-03-14. Lo anunció el Papa Francisco el viernes 13 de marzo, por la tarde, segundo aniversario de su elección al Pontificado, durante la celebración penitencial presidida en la basílica de San Pedro.

[2] Padre Rivero, Antonio, Diferencia entre liturgia y ejercicios piadosos, La Liturgia, Catholic.net. Cita web: http://es.catholic.net/op/articulos/13661/diferencia-entre-liturgia-y-ejercicios-piadosos.html

[3] Las apariciones por lo tanto no añaden nada a la verdad revelada. Las apariciones, para ser auténticas, ayudan a comprender y a vivir mejor la verdad revelada y deben sujetarse siempre a las normas de la Iglesia, como guardiana que es, a nombre de Jesucristo, del depósito de la fe. Por lo tanto nadie está obligado a creer en las apariciones. Son una ayuda para vivir la fe, para la conversión, para acercarse más a una vida de gracia. Pero no son esenciales a la fe (Sánchez Griese, Germán, ¿Debemos creer en las revelaciones personales?, Catholic.net. Cita web: http://es.catholic.net/op/articulos/12857/debemos-creer-en-las-revelaciones-personales.html)

[4] Véase Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 5.

[5] Cfr. Juan Pablo II, op. cit., n. 2.

[6] Santa Faustina Kowalska, Diario: la Divina Misericordia en mi alma, en adelante “D”; D-1777.


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