Martes, 23 de diciembre de 2014


Por Germán Grosso Molina


Estamos ya a pocas horas de una nueva Navidad. Para muchos tal vez esta fiesta, con mucho de “social” y “comercial”, se vuelve un evento más en el año, en donde todo se reduce a una cena, algunos regalos, y las salutaciones de siempre.

Es difícil para aquellas personas de fe no dejarse llevar por el ruido del mundo de hoy. Lo cierto es que estamos en una fecha del año en la cual se viven muchos “cierres”: terminó la época escolar, un nuevo año laboral, etc. Es frecuente que la vorágine de estos días, con muchas cenas y despedidas de fin de año, no haga caer en una dinámica que nos aleja del verdadero sentido de esta fecha.

Sobre esta realidad, mucho también se dice y muchas son las frases hechas que, a veces con buena y recta intención, pero otras solo como slogans que suenan bonitos, tratan de volcar la atención de estos días en el verdadero dueño de la fiesta : Jesús.

En estos tiempos, nuestras casas se adornan con arbolitos y guirnaldas, al igual que muchas calles y comercios de la ciudad. Por suerte todavía abundan los “pesebres”, aunque muchas veces, los “papas Noel” opacan el clima verdaderamente cristiano.

Se repiten por todos lados mensajes tales como “Que el niño que va a nacer traiga paz y armonía…” etc. etc. Sin dudas, frases hermosas. Sin embargo lo triste es que, en ese torbellino de estos días, temo que mucha gente no se detenga ni tan sólo un momento a contemplar la imagen de “Belén” y profundizar sobre este suceso que nos vino a cambiar la vida.

No quiero caer en eso, repitiendo muchas de esas frases que a veces no llegan realmente a lo profundo, y se transforman en reiterativas y hasta aburridas, pero sí remarcar y proponer reflexionar sobre el fondo de todo este asunto. Trataré de ser simple, como lo es en definitiva la “navidad”.

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Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento (Lc 2, 6-7).

Se ha promulgado un edicto de César Augusto, y manda empadronar a todo el mundo. Cada cual ha de ir, para esto, al pueblo de donde arranca su estirpe. Como es José de la casa y familia de David, va con la Virgen María desde Nazaret a la ciudad llamada Belén, en Judea (Lc 2,  1-5). Y en Belén nace nuestro Dios: ¡Jesucristo! Como no hay lugar en la posada, preparan el lugar para recibirlo: un establo. Su Madre lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre (Lc 2,7).

Así es la navidad. El suceso más importante para la humanidad toda: el verbo de Dios se hace hombre. La promesa de Dios se hace realidad. El amor de Dios se encarna en una persona: aquella que ha de cumplir con el plan de salvación de Dios. Y este plan nos sorprende, absolutamente. Siglos había esperado el pueblo de Israel esta noticia. Y ésta promesa comienza a hacerse realidad cuando el Ángel anuncia a una joven que en ella Dios ha fijado su mirada para que sea su servidora. María acepta los designios de Dios, se hace esclava, se reconoce como la pequeña “servidora” del Señor, y con su sí, abre la puerta de ingreso de la Trinidad Santa, al mundo terrenal.

Este acontecimiento, sin embargo, ocurrió en la simpleza de una aldea. No en Jerusalén, la capital del mundo judío, donde estaba el templo y los sumos sacerdotes. Tampoco en Roma, capital del imperio, donde estaban los fuertes y poderosos. Fue en una pequeña ciudad, en las “periferias” del mundo conocido. En ese rincón, en la casa de una familia humilde y sencilla, pero santa y justa, la de María y José, el verbo se hizo carne, para habitar entre nosotros.

Que la segunda persona de la Trinidad se haya rebajado, se haya hecho hombre, preservando la virginidad de María, sin dudas es sorprendente. Pero lo que más nos debería conmover, es que ese Dios, todopoderoso, creador del universo, se haya encarnado y hecho presente, TODO, en un niño.

La ternura de un niño, y más aún, la de un recién nacido, conmueve a cualquier ser humano, que se derrite ante tanta fragilidad y perfección. Lo que experimenta un padre al contemplar a su hijo recién nacido, no tiene comparación en el mundo. Es increíble lo que la naturaleza ofrece: una persona, así pequeñita, frágil y tierna, encierra en sí mismo toda la perfección de la especie humana. Allí es donde cualquier madre, padre… cualquier ser humano, es capaza de quebrarse ante tanta perfección y misterio. Es allí donde muchos, comienzan a creer en Dios, o al menos, en alguna inteligencia capaz de haber diseñado tan maravillosa obra.

Si a esa experiencia que podemos vivir con cualquier recién nacido, le sumamos la idea de que alguna vez, ese niño, era “Dios” mismo entre nosotros, verdaderamente estamos ante una noticia que, es lógico, trasciende los siglos. Ha sido sin dudas la mayor noticia que se haya recibido jamás en la historia de la humanidad. Lo dijo el mismo Ángel a los pastores: Les traigo una noticia, una gran alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido un salvador… (Lc 2, 8-14).

Por eso hago mía, y se las transmito a ustedes, la propuesta de un sacerdote amigo. Contemplemos el “niño”. A ese “niño de Belén”, al mismo “niño Dios”. Ahí está el gran misterio de la salvación: todo un Dios, en un bebé.

Allí está la simpleza de la “navidad”, la sencillez de Dios, que con cosas simples, sencillas, hace sus grandes obras.

Nos dejemos cautivar por la ternura, la pureza, la inocencia del “niño Dios”. Mirando el pesebre, contemplemos al niño, dejemos que nos transmita esa simpleza, esa calidez, que purifique nuestra alma y corazón. Allí sí podremos seguramente empezar a recibir la paz propia de Dios.

¿Cómo cambiaría la humanidad si se rindiera, como los Reyes Magos, ante la “grandeza” de un “niño Rey”? ¿Si esa ternura y pureza impregnara nuestro mundo, no habrían ya cesado las guerras, las hambrunas, la criminalidad, la injusticia, la corrupción? ¿No serían más felices nuestras casas y hogares? ¿Nuestros lugares de trabajo? ¿Nuestro vecindario? ¿Seguirían habiendo niños abandonados, con hambre, con frío…?

Si esa paz de ese niño inundara nuestras vidas, ¿Seguirían habiendo matrimonios rotos? ¿Hermanos distanciados? ¿Amigos traicionados?

Preguntas, y tantas otras, que propongo que nos las hagamos, mirando la ternura del “niño Dios”, y las respuestas, vendrán solas.

Así se nos presenta el “todopoderoso”. Esperando que lo vayamos a adorar, como los pastores del campo aquella noche, la más bella de todas. No se nos presenta en un trono, en un palacio, en medio de una fiesta o en un escenario… sino en un establo, junto a los animales del campo. Por eso es posible que muchos, aquella noche, como las de hoy, no lo encuentren. Para encontrarlo, hay que buscar justamente en esos lugares, en las periferias (como le gusta decir al Papa Francisco), en la noche, en el campo, en un pesebre… Dios, sin embargo, para aquellos que lo buscan, se encarga de dar señales, como lo fue la estrella de Belén, sólo es cuestión de buscarlas.

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Quiero desearles a todos una feliz Navidad, un feliz fin de año, y los mejores deseos para el próximo. Que Dios los bendiga a todos, y el “niño Jesús” nos contagie su ternura, dulzura, pureza y alegría.

¡Bendiciones a todos!

 


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